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Derechos Humanos y Laicismo. Declaración, reflexión e inacción

Tanto los Derechos Humanos como el laicismo, sin acción, son sólo declaración. ¿Qué están haciendo los laicistas de este tiempo y de este lugar?

Z

Zequirneh Airellit

3 min de lectura
El colibrí verde del fanzine sobre un fondo oscuro.
Publicado en el Fanzine N° 1 · julio 2026 Ver el número y leerlo como e-book

¿Cómo se relacionan los Derechos Humanos y el laicismo? ¿Depende uno del otro? ¿Contribuyen mutuamente a su consolidación o desarrollo? ¿Qué tienen en común? Siendo sinceros, son muchas las preguntas o vínculos que podemos hacer entre ambos. Ríos de tinta y de saliva se han vertido, intra y extra muros, en pos de la definición y alcance de unos u otros, cada uno en su categoría ontológica, carga histórica, política, valórica, jurídica, ética y filosófica.

Las libaciones a ambos conceptos no se hacen esperar en cada tenida. Pero quizás tengamos que detenernos en la reflexión, de un punto de encuentro en ambos conceptos, más allá de toda la engalanada discusión y exposición de motivos en nuestros talleres, en planchas y discusiones. Algo más allá de la teoría que nunca ha estado lejos de nuestras discusiones.

Y es que estas dos categorías se entrecruzan en un punto fundamental, entre el eje X e Y, sin el cual la eficacia de ambos no pasa de un mero ejercicio intelectual. Tienen en común un atributo imprescindible: la acción. Tanto los Derechos Humanos, como el laicismo, sin acción, son sólo declaración. De principios, de derechos, pero no más que una declaración.

La lucha por los Derechos Humanos frente a la tiranía, no se encarna con declaraciones, sino con acción frente a la reacción. Lo contrario, la inacción, es una negación de los mismos, tal y como pasó en nuestra dictadura local de 17 años —¿sólo 17 años o más?— en que el laicismo institucional, en general, optó por dicha negación, a carne y lamento vivo. Por el contrario, sectores eclesiásticos, a contrapelo de la historia, accionaron en pos de los Derechos Humanos, sin necesidad de discusiones filosóficas y teológicas autocomplacientes.

El laicismo, por su parte, sin movimiento, se convierte en proclama, en vetusta declaración de principios inanimada y fantasmal, enraizada en el olvido de la historia que no es historia. Ya los Bilbao, los Arcos, los Ferrer i Guardia, los Arenas, los Stitchkin, los Allende, los Enríquez y tantos otros, nos demostraron que después del pensamiento libre, de la formación individual y colectiva, de la reflexión concienzuda, de la discusión apasionada, viene una palabra que abre las puertas de la realidad material: la acción. Mancomunada, cuanto mejor, como expresión de una sociabilidad dirigida, a la que no estamos acostumbrados.

Acción, declaración o inacción, he ahí el dilema. ¿Conjunta? Ahí va otro. Dicho esto ¿Qué están haciendo los laicistas de este tiempo y de este lugar? ¿Nos reconocemos en esos conceptos? ¿Se les reconoce como hacedores de algo? ¿Esos conceptos se reconocen en nosotros? ¿Cuál es nuestro rango de acción? ¿Accionamos en nuestro día a día en el trabajo, en el taller, con la familia o amigos, o más allá? ¿Accionamos solos o acompañados? ¿Dónde nos aprieta el zapato a cada uno, si es que nos aprieta?

Que la reflexión nunca sea sinónimo de inacción —nadie dijo que sea fácil—. Tampoco una abstracción y obstrucción, sino que tracción para la creación. Que la declaración sea vestida, revestida y subvertida por la acción, es nuestra misión.

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